LISA: una misión para explorar el Universo a través de las ondas gravitacionales
Un observatorio formado por tres satélites medirá desde el espacio las ondas gravitacionales que Einstein predijo hace más de un siglo
Aitana C. Bonfill

Las ondas gravitacionales son ondulaciones en el propio tejido del espacio-tiempo, producidas por el movimiento violento de objetos extremadamente masivos, como la fusión de agujeros negros o estrellas de neutrones. Pueden imaginarse como las ondas que se propagan en un estanque después de lanzar una piedra, salvo que aquí la “piedra” es una colisión cósmica y el “estanque” es el propio universo. Estas ondas viajan a la velocidad de la luz, estirando y comprimiendo el espacio de manera imperceptible a su paso.

Esa debilidad hace que las ondas gravitacionales sean extremadamente difíciles de detectar: cuando llegan a la tierra, el efecto que producen es menor que el tamaño de un átomo. Sin embargo, detectarlas abre una ventana completamente nueva para explorar el universo, permitiendo observar fenómenos que la luz por sí sola no puede revelar, como fusiones de agujeros negros o incluso ecos de los primeros instantes después del Big Bang.

Carlos Sopuerta, investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC), explica: “comparada con otras interacciones, como el electromagnetismo, la gravedad es muy débil. Es una fuerza que afecta muy poco a los objetos, y por eso se necesita mucha masa y mucha energía, típicamente objetos extremos del universo como las colisiones de agujeros negros, para producir ondas gravitacionales”.

Los detectores terrestres, como los observatorios LIGO y Virgo, han sido revolucionarios, pero se enfrentan a limitaciones fundamentales. En la Tierra, incluso las perturbaciones más pequeñas, como terremotos, olas marinas o el tráfico, generan vibraciones que hacen imposible medir ciertas ondas gravitacionales. Como señala Sopuerta, “diferentes objetos en el espacio producen ondas gravitacionales de distintas escalas temporales, desde milisegundos hasta miles de millones de años. Algunas de esas ondas solo pueden observarse desde el espacio”.

Estos observatorios terrestres solo son sensibles a señales de alta frecuencia, producidas por sistemas pequeños como agujeros negros estelares o estrellas de neutrones. Pero el universo está lleno de otros eventos que generan ondas gravitacionales de baja frecuencia. Estas señales son demasiado largas y sutiles para ser detectadas desde la tierra, porque los brazos de los detectores terrestres tienen solo unos pocos kilómetros de longitud. Para captarlas necesitamos detectores con “brazos” mucho más largos, algo solo posible en el espacio. “En la Tierra no podemos detectar estas ondas largas , explica Sopuerta, porque los detectores son demasiado pequeños. Por eso necesitamos ir al espacio”.

Cómo funciona LISA: un triángulo gigante en el espacio
Por eso la Agencia Espacial Europea (ESA) está preparando LISA, la Laser Interferometer Space Antenna. Prevista para su lanzamiento en la década de 2030, será el primer observatorio espacial dedicado a las ondas gravitacionales. Libre del ruido terrestre y con brazos de millones de kilómetros de longitud, será sensible a una gama completamente nueva de señales.

LISA estará formada por tres naves espaciales que volarán en formación triangular, separadas por 2,5 millones de kilómetros. Juntas formarán el mayor instrumento científico jamás construido, orbitando alrededor del Sol y siguiendo a la Tierra.
Cada nave contendrá dos masas de prueba, pequeños cubos de aleación de oro y platino, que flotarán libremente dentro del satélite, protegidas de todas las fuerzas externas. La nave usará micropropulsores para “flotar” alrededor de los cubos, asegurando que permanezcan en caída libre perfecta. Esta técnica, llamada control libre de arrastre, permite que las masas actúen como puntos de referencia ideales en el espacio.

En la tierra, los brazos de detectores como LIGO tienen 4 kilómetros. “Tienen que ser tan largos para amplificar el efecto lo máximo posible Sopuerta, “porque las variaciones son del orden casi del núcleo atómico”. En el espacio, donde los brazos pueden extenderse millones de kilómetros, la sensibilidad será aún mayor, abriendo el acceso a señales de baja frecuencia que los observatorios terrestres no pueden medir.

Cubos dorados para LISA

Los satélites estarán conectados por haces láser que viajarán de un lado a otro a lo largo de los brazos de 2,5 millones de kilómetros. Comparando el tiempo de viaje de los láseres en cada brazo, los científicos podrán detectar cambios minúsculos en la distancia causados por el paso de una onda gravitacional. Como señala Sopuerta: “estos detectores tienen forma de L, con dos brazos perpendiculares. Cuando pasa una onda gravitacional, afecta de forma distinta a cada brazo. Si ves una diferencia entre ellos, así es como se detectan las ondas gravitacionales”.

Una predicción de Einstein hace 100 años

La historia de las ondas gravitacionales comienza con la teoría general de la relatividad de Albert Einstein, publicada en 1915. Esta teoría revolucionaria redefinió la gravedad, no como una fuerza misteriosa que atrae los objetos, sino como la curvatura del espacio-tiempo causada por la masa y la energía. Según las ecuaciones de Einstein, los cuerpos masivos como estrellas o planetas deforman el tejido del universo a su alrededor, y mover esos cuerpos de manera extrema, como dos agujeros negros orbitando entre sí, debería enviar ondulaciones a través del espacio-tiempo.

El propio Einstein predijo la existencia de estas ondulaciones, u ondas gravitacionales, en 1916. Como recuerda Sopuerta, uno de los principales investigadores de la misión LISA: “al principio había dudas sobre si esto era real o no, porque la teoría es compleja”. Durante décadas, los físicos debatieron si las ondas gravitacionales eran un fenómeno físico real o solo un artificio matemático. “Cuando se concluyó que eran reales,” añade Sopuerta, “la principal dificultad era que la interacción gravitatoria es muy débil”.

Hizo falta casi un siglo de progreso tecnológico y perseverancia científica para confirmar la predicción de Einstein. Pero una vez detectadas las primeras ondas gravitacionales, no solo se validó su teoría, sino que también se abrió un campo completamente nuevo de la astronomía, permitiéndonos estudiar el universo de formas que el propio Einstein solo podía imaginar.

Las primeras detecciones

Durante casi cien años después de la predicción de Einstein, las ondas gravitacionales fueron solo una idea sobre el papel. Los científicos estaban convencidos de que debían existir, pero la tecnología para detectar distorsiones tan diminutas en el espacio-tiempo simplemente no existía. Como explica Sopuerta: “necesitamos instrumentos de máxima precisión para detectarlas, que hoy en día son interferómetros láser capaces de alcanzar el nivel de resolución de partículas subatómicas”.
Ese avance llegó finalmente el 14 de septiembre de 2015, cuando el observatorio LIGO en Estados Unidos detectó la señal de la colisión de dos agujeros negros a más de mil millones de años luz de distancia. El descubrimiento confirmó la predicción centenaria de Einstein y valió el Premio Nobel de Física de 2017 a Rainer Weiss, Kip Thorne y Barry Barish.
Pero quizá lo más importante fue que marcó el nacimiento de la astronomía de ondas gravitacionales, una nueva forma de observar el universo. Hasta entonces, la astronomía se basaba casi exclusivamente en la luz (visible, radio o rayos X). Las ondas gravitacionales, en cambio, transportan información que la luz no puede: nos permiten “escuchar” el lado invisible del cosmos, como los agujeros negros, que no emiten luz en absoluto.
LISA Pathfinder: la misión que abrió el camino

Lanzada en 2015, el mismo año en que se detectaron las ondas gravitacionales, LISA Pathfinder fue una misión pionera de la ESA diseñada para validar la tecnología que más tarde requeriría el observatorio LISA. Mientras LISA usará tres naves espaciales separadas por millones de kilómetros, LISA Pathfinder concentró lo esencial en un solo satélite.

Dentro llevaba versiones en miniatura de los sistemas clave: masas de prueba en caída libre, control libre de arrastre de la nave y la interferometría láser para registrar minúsculos cambios de posición. El objetivo de LISA Pathfinder no era detectar ondas gravitacionales, sino demostrar que estas técnicas delicadas podían funcionar realmente en el entorno espacial, donde las perturbaciones externas son diferentes a las de la Tierra.

“La precisión que alcanzamos fue mucho mayor de lo esperado, unas 100 veces mejor de lo requerido,” recuerda Sopuerta. “Para cuando terminó la misión en 2017, ya había sentado las bases técnicas para el siguiente gran paso: construir el primer observatorio de ondas gravitacionales en el espacio”.

El grupo de Astronomía Gravitacional - LISA del ICE-CSIC fue clave en el proyecto de LISA Pathfinder, no solo en el análisis de las mediciones del satélite, sino también en el diseño y construcción de componentes críticos: el ordenador a bordo, los sistemas de diagnóstico de estabilidad y sensibilidad, y el software de control que coordinaba todo. Como señala Carlos Sopuerta: “trabajamos mucho en el análisis de los datos y en verificar que la misión funcionaba correctamente. Esa experiencia fue esencial para prepararnos para LISA”.
“Los investigadores del ICE-CSIC realizaron un trabajo fundamental en la misión: desarrollaron el ordenador de a bordo, los sistemas de diagnóstico de estabilidad y sensibilidad, y el software de control de ambos”, explica Miquel Nofrarias, Científico Titular del ICE-CSIC y co-investigador principal del grupo de Astronomía Gravitacional - LISA.
Hoy, el ICE-CSIC sigue desempeñando un papel protagonista. Más allá del diseño de la misión, las simulaciones y las técnicas de procesado de datos, el equipo de Barcelona lidera ahora el Science Diagnostic Subsystem (SDS) de LISA, una de las tres principales contribuciones de hardware de los estados miembros de la ESA. Como recalca Nofrarias: “los sensores del SDS deben alcanzar niveles de precisión y estabilidad sin precedentes en el espacio, para distinguir las fluctuaciones ambientales de las producidas por una onda gravitacional”.
“En el ICE-CSIC también estamos preparando modelos astrofísicos que nos permitirán entender qué tipo de fuentes observaremos y cómo distinguirlas entre sí”, añade Sopuerta.

[background image] image of space landscape (for a space tech)

Biel Bonastre, Ana Pérez y Miquel Nofrarias

[digital project] image of interface on a laptop screen

Carlos Sopuerta

           Ana Pérez

image of skincare line (for a beauty product)

LISA ya no es solo un concepto. La misión fue adoptada oficialmente por la ESA en 2024. Su lanzamiento está actualmente previsto para mediados de la década de 2030. Esto significa que el proyecto ha superado las revisiones críticas que confirman su valor científico y viabilidad tecnológica.

La órbita de LISA alrededor de la Tierra

En este momento, la misión está en la fase de diseño y desarrollo detallado. Equipos de todo el mundo afinan el diseño de la nave, los láseres, los propulsores y los sistemas de datos necesarios para el observatorio. “Estamos trabajando en simulaciones y herramientas de análisis de datos para que, cuando lleguen, estemos listos para extraer las señales y entenderlas”, explica Sopuerta. Algunas de las tecnologías, como las probadas en LISA Pathfinder, ya están demostradas. “El reto ahora es escalarlas a las dimensiones enormes de LISA”, añade Sopuerta.

Concepto de LISA

La colaboración es esencial en esta fase. La ESA lidera la misión, con la NASA como socio principal, y España desempeña un papel particularmente activo a través del ICE-CSIC y del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC) y de otras instituciones como la Universitat de Barcelona, la Universitat Politècnica de Catalunya y el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). Juntos ayudan a dar forma al diseño, las simulaciones y las herramientas de análisis de datos de la misión, asegurando que Europa y España sigan en el corazón de esta empresa científica revolucionaria.

Una ventana a

sucesos cósmicos  

 desconocidos

LISA abrirá una ventana completamente nueva al cosmos. Mientras los detectores terrestres como LIGO y Virgo escuchan las “notas altas” de las ondas gravitacionales de agujeros negros estelares y estrellas de neutrones, LISA estará sintonizada con las señales profundas de baja frecuencia que revelan un lado muy diferente del universo.

Entre sus objetivos principales están las fusiones de agujeros negros supermasivos, gigantes con millones de veces la masa del Sol que habitan en los centros de las galaxias. Estos eventos liberan algunas de las ondas gravitacionales más poderosas que existen, y LISA podrá detectarlas en gran parte del Universo observable. “Con LISA podremos estudiar cómo han evolucionado juntas las galaxias y los agujeros negros a lo largo de la historia cósmica”, explica Sopuerta.
LISA también detectará el murmullo constante de sistemas binarios dentro de nuestra propia galaxia, como parejas de enanas blancas orbitándose entre sí. Estas señales son demasiado lentas para los detectores terrestres, pero en el espacio se vuelven accesibles. “De hecho, hay tantas binarias en la Vía Láctea que para LISA formarán una especie de ruido de fondo” apunta Sopuerta,” pero incluso eso nos dará información valiosa sobre la evolución estelar”.

Quizá lo más emocionante es que LISA podría captar señales de fuentes que aún no sabemos que existen. “Puede haber sorpresas” dice Sopuerta “porque estamos abriendo una nueva ventana al Universo. No sabemos todo lo que encontraremos”. Incluso podría detectar ondas fósiles del propio Big Bang, ofreciendo una visión directa de los primeros instantes del Universo, algo que ningún telescopio de luz puede lograr.

Los descubrimientos de la misión no solo profundizarán nuestra comprensión de los agujeros negros, las galaxias y el Universo primitivo, sino que también pondrán a prueba la teoría de la relatividad general de Einstein en las condiciones más extremas. Si LISA encuentra desviaciones de las predicciones de la relatividad, podría señalar hacia una nueva física, transformando nuestra comprensión del espacio, el tiempo y la gravedad.